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Después de varios minutos conviviendo con el hipnotizante sonido del viento acariciando (o manoseando, más bien, porque tiene tela el ruidito...) la fachada de mi casa, ha terminado por volver a mi memoria la famosa escena del vídeo de la bolsa de plástico de American Beauty. Es sólo una de las decenas de piezas memorables de la obra maestra de Sam Mendes y no, el hecho de que os la enseñe no tiene ninguna componente sentimentaloide ni busca proyectar o insinuar algún tipo de emoción. Lo pongo simplemente porque me apetece. Espero que al menos sirva para colorear ligeramente el universo nihilista en el que inevitablemente termina toda secuencia de caracteres presente aquí.




¿Quieres ver lo más bonito que he grabado en mi vida? Era uno de esos días en que está apunto de nevar, el aire está cargado de electricidad, casi puedes oirlo... ¿Verdad? Y esa bolsa estaba bailando conmigo, como un niño pidiéndome jugar, durante quince minutos. Es el día en que descubrí que existe vida bajo las cosas, y una fuerza increíblemente benévola que me hacía comprender que no hay razón para tener miedo. Jamás.


El vídeo es una triste excusa, lo sé. Pero me ayuda a recordarlo.

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